¡Feliz cumple, Chengue!
Febrero 22, 2008
Ya sé que va a salir como posteado el 22 de febrero porque no se porque los horarios del blog son otros que los de acá, no sé. Pero yo tengo que todavía es 21 de febrero así que es el cumpleaños de un ídolo como el gran “Chengue” Morales, goleador, metedor, luchador, tanto con el bolso como con la selección y también en la vida, fiel a Nacional y hacedor de goles en los clásicos (5 goles creo que tiene). Felices 33 años Chengue!
El Chengue sonriente y el Chengue emocionado cuando nos clasificó al Mundial de Corea-Japón (creo que el que lo abraza es Tais)


Ahora agrego esta nota escrita por Lincoln Maiztegui Casas, gran profesor de historia y gran hincha de Nacional. Salió publicada en el diario “El Observador” y el día 2 de febrero.
“KING GOL : Uno, que es aficionado al fútbol desde que tiene memoria gusta sacar a luz dos por tres sus pronósticos acertados. Me bastó ver un pase de 40 metros de Nacho González, en su primer partido en primera división y con 18 años, para darme cuenta de que aquel muchachito reservado y correcto que había sido mi alumno era un crack; así lo dije y lo proclamé por lo menos 5 o 6 años antes de que ese juicio se volviera indiscutible. Y para que no se me acuse de bolsilludo recalcitrante - aunque lo sea -, diré que con sólo ver un par de partidos de Juan Castillo en Huracán Buceo, me di cuenta de que, a pesar de su corta estatura, el fútbol uruguayo no tenía un arquero de esos kilates. Pero a veces , también es útil como ejercicio de control de la propia egolatría, evocar las pifias. Estaba en el Estadio de día que Richard Morales debutó en un clásico. Entró ya bastante avanzado el segundo tiempo,alto y desgarbado, casi simiesco, y me dije: “y este, ¿de donde salió?” Esa tarde batió un récord: no llegó a estar en la cancha más de un minuto, porque lo echaron antes de que tocara la pelota. Luego empezó a alternar en la primera de Nacional, y cada vez que lo veía me reafirmaba en el juicio negativo: torpe, entreverado, carente de recursos. “Pero si ni cabecear sabe”, le decía a mis amigos. “¿De qué sirve un grandote que le pega con los garrones y que cuando puede aprovechar su única ventaja, que es la estatura le da con el coco y la manda a las tribunas?” Fui mudando de parecer lentamente, casi a mi pesar, cuando empecé a darme cuenta de que aquel gigante desmañado no sólo jugaba cada vez mejor, sino que también ejercía un efecto extraño pero perceptible sobre sus compañeros y hasta sobre sus rivales. Elizabeth Taylor nunca fue una gran actriz, pero tenía ese don carismático que obligaba al espectador a mantener los ojos puestos sobre ella; bueno, salvando distancias siderales - sobre todo, estéticas - pasaba lo mismo con Richard Morales: un imantado encanto lo erigía en el punto neurálgico hacia el que convergían todas las miradas. Luego vinieron los goles, sus grandes tardes, su particular festejo que evocaba a King Kong, y me fui convirtiendo en uno de sus incondicionales. En el mundial de Corea, cuando los africanos nos estaban dando un pesto de órdago y perdíamos 3 a 0, entró a salvar lo que se pudiera, y su presencia resultó un envión de adrenalina, un cohete impulsor que dejaba al Apolo XIII a la altura de un petardo. Hizo el gol, participó decisivamente en otro y todos los jugadores celestes parecían jugar al ritmo de su magia. Con el partido 3 - 3 y en el último segundo, tuvo la mala suerte de cabecear afuera una pelota que hubiera significado la clasificación, y marchamos. Casi me agarro a piñas con quienes le atribuían el fracaso, olvidando que había sido precisamente él quien nos había salvado de una goleada histórica. No había caso; estaba ganado por la Chenguemanía. Sentí como una perdida personal el hecho de que se fuera a Europa, y cuando se habló de su regreso, algunos se mostraban escépticos: ya es mayor, está forrado, no va a ser el mismo. Pero vaya si lo es, el mismo, el irrepetible, la Kriptonita oscura del manyaje, el eslabón -no perdido, sino hallado- entre el gorila y la saeta grácil y mortífera. Sin su presencia gravitante y rompedora, en el reciente clásico no sólo no hubiera existido ese segundo gol, obtenido con un testazo incontenible, sino que también poco hubiera habido penal de Liguera, ni sombrerito de Fornaroli, ni el grito tricolor de miles de gargantas atronando el aire de la noche. Los carboneros, que tanto han reforzado su equipo, tienen razones para estar nerviosos: King Kong ha vuelto, y sigue siendo King-Gol. Pobres de ellos”
Escribe un comentario